pedagógicas que reflejen el mejoramiento institucional, en las que, además, se ponen de
manifiesto diferentes roles de los educadores y directivos en la reproducción o resistencia de las
políticas educativas nacionales, mediante prácticas pedagógicas contextualizadas.
Como se mencionó anteriormente, la cultura escolar ha sido abordada desde perspectivas
diversas. Entre otros, para el presente estudio se destacan los aportes de Viñao (2002), autor
que, desde la sociología critica, analizó como las reformas educativas reconfiguran las
prácticas institucionales. En México, Rockwell (2009; 2018), desde la antropología y
mediante un estudio etnográfico, reveló aquellos rituales que reproducen desigualdades. En
Colombia, Mosquera y Rámirez-Martínez (2020) reconocen la problemática de la influencia
del PEI en la identidad escolar, en función del discurso, la pedagogía y el poder; mientras que,
en Argentina, autores como Aguirre y Giovine (2024), Frigerio (2001) e Imen (2008),
exploraron tensiones entre políticas públicas y la autonomía docente.
Estos estudios reafirmaron las tensiones en la relación de poder-saber, en la cual se pone
en juego la legitimidad de los saberes y en la que los currículos oficiales se sobreponen a los
conocimientos locales. Del mismo modo, los trabajos se enfocaron en los discursos
internacionales que desconocen las practicas contextualizadas, así como en las posiciones de
resistencia que asumen los docentes frente a algunos dispositivos de control, quienes, de esta
forma, evidencian ciertas prácticas de subversión.
La cultura escolar constituye un sistema dinámico y complejo, históricamente construido
a través de procesos de socialización y enculturación (Elías, 2015; Reales Chacón et al.,
2018). Como señala Schein (2016), esta cultura opera en tres niveles interdependientes:
artefactos observables (rituales, espacios, discursos), valores compartidos (creencias
normativas) y supuestos básicos (inconscientes y naturalizados), los cuales configuran
un habitus institucional (Bourdieu, 1991), que orienta las percepciones, pensamientos y
acciones de sus miembros. Sin embargo, lejos de ser homogénea, esta cultura refleja y
reproduce las desigualdades estructurales presentes en la sociedad, tal como lo destaca Vain
(2018) al analizar cómo las jerarquías sociales se reinscriben en las prácticas cotidianas de la
escuela.
La transmisión de esta cultura se realiza mediante códigos especializados (García, 2013),
que además de comunicar normas, valores y formas de ser y actuar, también son utilizados
para legitimar ciertos saberes y desconocer otros (Bernstein, 1989; 1998). Desde esta
perspectiva, el enfoque narrativo (Goodson, 2013; Perrupato, 2020) emerge como una
herramienta crítica para deconstruir estas dinámicas, permitiendo recuperar las voces de
docentes y estudiantes, para, de esta forma, revelar las tensiones entre las prácticas instituidas
y las experiencias subjetivas.
Esta dialéctica entre cultura escolar y cultura social genera constantes resistencias y
negociaciones (Huergo y Fernádez, 2000; Rockwell, 2018), particularmente en contextos
donde el sistema educativo impone lógicas alienantes (Giroux, 2020; Runge, 2019). Como
advierte Apple (2016), la naturalización de la cultura escolar oculta su carácter político,
cuando, en realidad, es el resultado de tensiones discursivas que se han puesto de manifiesto
en los conflictos históricos por el dominio cultural.