La tecnología y la información, aunque potencian un conocimiento holístico y global,
también permiten un mayor control y desintegración social. La misma “racionalidad moderna
se ha tornado técnica de reproducción del ser consumidor" (Pérez Andreo, 2008, p. 405),
enfocada en el mantenimiento del dominio sobre los recursos del planeta. Si los docentes de la
América Latina no enfocan parte de los propósitos de la educación hacia el conocimiento, la
conservación y el buen uso de los recursos naturales y culturales de nuestra región, se
mantendrá el esquema de reproducción de unos pobladores dedicados solo al consumo.
La modernidad líquida, la tecnología y el sujeto consumidor
Para abordar este punto hay que empezar por Zygmunt Bauman (2003) quien describe
la realidad contemporánea a través de la metáfora de la modernidad líquida, donde las
instituciones y las relaciones sociales pierden su solidez y se hacen volátiles, fluidas y
maleables. El tiempo se acelera y la vida se experimenta como una serie de lanzamientos y
sustituciones inmediatas. En la liquidez, las identidades son precarias, sujetas a la urgencia de
reidentificación constante (Bauman, 1992; Quijano, 2000). El proyecto comunicativo y el
lenguaje se tornan difusos y la sociedad queda en un estado de deslegitimación de las
estructuras permanentes (Bauman, 2003). En este entorno, la educación misma es cuestionada
y sometida a la lógica de la utilidad puntual y fugaz.
La educación en la modernidad líquida se enfrenta a la tarea de formar ciudadanos que
recuperen el espacio público de diálogo y sus derechos democráticos, en un momento donde
el conocimiento útil para la vida y la autoformación permanente se dedican exclusivamente al
conocimiento de las habilidades técnicas. Sin embargo, la educación tiene la misión de ir más
allá del adiestramiento en habilidades, ya que el saber no se reduce al saber científico o
técnico, sino que abarca el aprender a hacer para el autoconocimiento, el saber vivir en
comunidad y comprender los juegos de lenguaje que hacen posible el lazo social.
Es así que nos encontramos con la convergencia de la liquidez y el neoliberalismo que
han promovido el surgimiento del “homo consumptor, el individuo consumidor de su propio
consumo, destructor, consumador, de sí mismo y de su entorno” (Pérez Andreo, 2008, p.
496). El autor plantea la disolución de la generación de conocimientos con humanidad desde
una respuesta a las consecuencias que se están experimentando en todo el mundo: “Ya no hay
posibilidad de creación social, ni de constitución del propio mundo, las herramientas han sido
cercenadas” (p. 496). Pero, además se acerca a lo que estamos viviendo con la irrupción de la
inteligencia artificial y la ausencia de profundidad de pensamiento: “Ahora todo es técnica,
una técnica muy sencilla para que cualquiera la pueda utilizar, aunque no tenga la más
mínima idea de las bases científicas que lo hacen posible” (Pérez Andreo, 2008, p. 496).
Los seres humanos han devenido en individuos dedicados al consumo masivo que se
han apartado de los afectos y de su identidad grupal para asumir una identidad global
impuesta por el mercado. En América Latina, esta imposición del homo consumptor (el
hombre consumidor de Pérez Andreo, 2008) se superpone a las estructuras coloniales
preexistentes, convirtiendo la desigualdad social en un problema de consumo y exclusión
exacerbada. Por su parte, la autora López Coronado (2008) considera que la libertad se reduce
a la "pura autonomía individual" (p. 164) y al derecho arbitrario a la diferencia, lo que, en la
práctica, niega cualquier ética social o responsabilidad colectiva, desembocando en
un individualismo hedonista y narcisista (Gervilla, 1993).