Si bien la noción de que la lengua no puede enseñarse sin cultura y viceversa suele ser
aparente, lo que no suele ser tan evidente son las implicaciones que la enseñanza de la
cultura puede tener en los estudiantes en el futuro (Fleet, 2006). Por esta razón,
frecuentemente, tiende a utilizarse solo como un complemento más en el proceso de
enseñanza, sin ocupar un lugar central.
Esto conlleva la implementación de actividades que no explotan al máximo la
oportunidad de lograr un aprendizaje completo y significativo; lo cual se ve reflejado en lo
que explica Gómez (2006): “A pesar de que la lengua refleja la cultura, a veces su
materialización en el aula es casi imperceptible” (p. 20).
Adicionalmente, se hace necesario resaltar las implicaciones y los beneficios que
aporta la enseñanza de la cultura a los estudiantes. Entre ellos, Fleet (2006) menciona los
siguientes: mejora de la competencia comunicativa, la experiencia de aprender idiomas se
hace más real (con los cinco sentidos), desmentir mitos o estereotipos y fomentar la
competencia intercultural. Esta última se define, según el Centro Virtual Cervantes (s.f.),
como “la habilidad del aprendiente de una segunda lengua o lengua extranjera para
desenvolverse adecuada y satisfactoriamente en las situaciones de comunicación
intercultural que se producen con frecuencia en la sociedad actual, caracterizada por la
pluriculturalidad” (p. 1).
Al incorporar componentes como costumbres, formas de pensar, creencias y valores en
el proceso de enseñanza y aprendizaje de idiomas, se aporta al desarrollo de una capacidad
multidimensional, la inteligencia cultural (CQ), que es la capacidad de adaptación y
comportamiento adecuado en diferentes contextos culturales, lo cual es fundamental para
desenvolverse en un mundo globalizado (Ang y Van Dyne, 2008). Como en cada cultura,
las normas de interacción social varían, una persona con inteligencia cultural puede
comprender esa variabilidad, acoplarse a la diversidad y al funcionamiento en otros
entornos culturales, aspectos que son imprescindibles en un mundo interdependiente. Todo
esto desde una perspectiva más completa, ya que este tipo de inteligencia no solo cubre las
capacidades cognitivas, sino también las dimensiones metacognitivas, motivacionales y
conductuales (Ang y Van Dyne, 2008).
A pesar de que cada vez más se hace necesario el desarrollo de esta capacidad, De Las
Heras (2020) comenta lo siguiente: “La adaptación cultural es, desde mi modesta opinión,
uno de los aspectos que, desafortunadamente, no se desarrollan o contemplan con la
rigurosidad que merece” (p. 12). Esto quiere decir que, tanto en entornos laborales como
académicos, hace falta invertir en la formación cultural, sobre todo cuando profesionales y
estudiantes buscan mejores oportunidades en otro país y deben lidiar con contextos
multiculturales. Para atender esta situación, es fundamental destacar cómo se puede
desarrollar la CQ. La Escuela de Administración de la Pontificia Universidad Católica de
Chile (2017) comenta que el primer paso es el contacto con otras culturas, conocerlas y
tener experiencias interculturales, pero ¿cómo esto puede llevarse a cabo en el aula donde se
enseña y aprende una lengua extranjera? Para poder transmitir componentes como
costumbres, formas de pensar, creencias y valores, se considera a la gastronomía como uno
de los medios ideales porque esta permite conectar lenguas y culturas.
Tal y como lo resalta Arroyo (2021), en el Plan Curricular del Instituto Cervantes
(PCIC), se le brinda una gran importancia a la comida y a la cultura gastronómica, que se
encuentran dentro del apartado Saberes y comportamientos socioculturales, específicamente